¿Te cuesta decir que no, expresar lo que necesitas o marcar hasta dónde sí y hasta dónde no en tus relaciones? A muchas personas les pasa lo mismo: sienten que dentro hay una especie de batalla interna entre la parte que quiere poner límites y la que insiste en no hacerlo.
Si te identificas con esto, quédate, porque en este artículo vamos a hablar de por qué cuesta tanto poner límites y de dónde viene esa dificultad que, aunque seguramente nació hace mucho, sigue afectando a cómo te relacionas hoy.
No es que no sepas poner límites
Muchas veces creemos que el problema es que no sabemos cómo hacerlo. Pero la realidad es que sí sabemos —solo que en algún momento aprendimos que poner límites era peligroso para nosotros.
Quizás en tu infancia tenías el rol de pacificador/a, el que intentaba mantener la paz en casa. Para lograrlo, aprendiste a callar tus necesidades y priorizar las de los demás, con tal de no generar conflictos.
O puede que te hicieran sentir en su infancia o adolescencia que si mostrabas tus emociones o tus necesidades eras “difícil de querer”.
Tal vez en tu entorno familiar había otras prioridades, y tus emociones quedaron en un segundo plano.
O quizá, cada vez que intentabas expresar lo que sentías o poner un límite, te ignoraban o castigaban… y eso dolía más que callar.
Todas estas experiencias dejan huella. Hacen que nuestro sistema aprenda a protegernos desconectando de lo que sentimos o evitando mostrarlo. Y así, el no poner límites se convierte en una forma de supervivencia emocional.
Es decir, no poner límites para nosotros al haber vivido en ciertas situaciones tiene un beneficio: que en casa no sea el centro de atención, que no me ignoren o rechacen, que no me hagan sentir que lo que siento es demasiado sensible,…
Poner límites no es solo una cuestión de frases asertivas
Por eso aprender a poner límites, a reconectar con nuestras necesidades, emociones y capacidad de protección no tiene nada que ver con aprender unas cuantas frases asertivas de memoria.
Una cosa es entender que “tengo derecho a poner límites”, y otra muy distinta es sentir internamente que puedo hacerlo, que puedo sostenerlo.
Por que muchas veces cuando tratamos de expresarnos se activan partes internas como:
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La parte que teme romper el vínculo.
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La parte que se siente culpable por pensar en sí misma.
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La parte que cree que, si pone un límite, será rechazada.
Por eso el trabajo no pasa por repetir frases, sino por reconectar con nuestras necesidades, emociones y capacidad de protegernos. Vamos, en resumen, se trata de ir a la raiz del problema.
Lo que se despierta a la hora de poner límites
Cuando intentamos poner límites, se mueven muchas emociones internas.
Puede aparecer la vergüenza, por sentir que estamos siendo egoístas.
También el miedo al rechazo: “si digo que no, se alejarán de mí”.
A veces aparece la culpa, pensando que haremos daño al otro.
Y en otras ocasiones, el deseo de complacer, de evitar el conflicto a toda costa.
Incluso puede surgir el miedo a conectar con el enfado, a perder el control o a que poner un límite signifique el fin de una relación.
Estas emociones y miedos son señales de partes internas de ti que aprendieron, desde la experiencia, que poner límites podía tener consecuencias dolorosas.
Por eso, no se trata de poner límites “sin culpa ni miedo”, sino de mirar y acompañar a esas partes con compasión, entendiendo por qué están ahí y qué de que intentan proteger. Para poder protegerte desde otro lugar, esas partes necesitan confiar en que haya alguien (tu yo adulto) que les proteja de verdad.
Poner límites es también cuidar el vínculo
A veces creemos que los límites son la imposición de nuestras necesidades y emociones sin ver al otro. Y aunque en ocasiones los límites pueden ser para protegerme únicamente a mí (porque no hay vínculo o quiero irme de él), normalmente un límite no es un muro, son puentes. Son para estar bien nosotros y el otro, si es que es posible. Donde ambos seamos tenidos en cuenta, y donde tengamos un espacio para poder crecer, estar mejor, encontrarnos, conocernos y poder ser quienes somos sin tener que escondernos de nosotros mismos.
Cuando aprendemos a hacerlo, los vínculos se vuelven más reales, más libres y más sostenibles.Porque amar al otro no implica desaparecer tú.
¿Cómo empezar a trabajar en tus límites?
Si te has visto reflejado/a en este artículo, es normal que sientas que hay mucho en juego. Estas dificultades no nacen de la nada, sino de heridas de apego y experiencias tempranas que moldearon tu forma de protegerte.
No se trata de aprender a poner límites sin culpa y sin miedo. Sino de acompañar y ver a esas partes que cargan esta narrativa en tu historia. Partes que guardan dolor y que todavía se activan hoy dirigiendo nuestras decisiones, acciones y reacciones. Seguramente si están presentes en ti algunas de estas partes, te afecten también en otros aspectos de tu vida. Lo ideal sería trabajarlo en terapia para integrar tu historia, pero si no podéis o no queréis os he creado un taller de límites para trabajar estos aspectos más profundos que interfieren a la hora de poner límites.
Trabajar los límites es un proceso de reconexión contigo mismo/a: de escuchar tus necesidades, de sostener tus emociones y de permitirte protegerte desde un lugar más funcional y no desde el miedo. Pero para eso necesitas seguridad.
Nosotras en terapia online podemos acompañarte a hacerlo desde un enfoque seguro y compasivo, entendiendo que detrás del “no puedo poner límites” hay una historia que merece ser escuchada.
Y si ahora mismo no puedes o no quieres ir a terapia, he creado un taller online de Límites Conscientes desde un enfoque profundo y respetuoso con tu historia. Donde comprenderemos lo que pasa dentro de ti cuando intentas protegerte.
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